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viernes, 18 de marzo de 2016

Refugiada
Con la publicación de esta historia, llegamos al final de la serie de relatos ganadores en el certamen somos iguales. En esta ocasión su autora es María Pérez Sánchez, alumna del Colegio Inmaculada Concepción.

 
Ghada recordaba con precisión el día que pisó suelo alemán. Todos en el grupo estaban
sudorosos y exhausto, pero felices al haber logrado huir con éxito de la barbarie que
estaba teniendo lugar en su tierra natal. Habían hecho un camino largo y difícil, andando
durante kilómetros y kilómetros sin apenas descanso, y después viajando por mar, con
la incertidumbre de si llegarían a tierra firme. De aquel día de enero de 2012, en el que
llegaron al campo de refugiados de Botrop, no se le había olvidado un detalle.
Recordaba el sonido de los llantos de niños y adultos, las oraciones de gracias a Allah,
los abrazos entre hermanos, padres e hijos y esposos. Recordaba cómo se había llevado
la mano instintivamente al colgante que un día pertenecí a su madre y cómo las
lágrimas afloraron de los ojos. Recordaba que, mientras los voluntarios les guiaban
hacia el lugar que sería su hogar, sintió los brazos de su hermana mayor, Nadia,
al rededor de sus hombros y pensó que aquel era el comienzo de la mejor etapa de su
vida.

Ghada, su padre y su hermana llevaban ya nueve meses viviendo en el campo de
Botrop, lo cual resultaba chocante puesto que la mayoría de los refugiados no duraban
más de tres semanas en el mismo lugar. Sin embargo, Nadia había pasado cuatro meses
en cama, resultado de una varicela que se había complicado por la falta de asistencia
médica. De este modo, tras recuperarse completamente, su padre, Ahmad, les comunicó
que había llegado el momento de abandonar el que había sido su casa durante casi un
año.

El piso que habían alquilado tenía dos habitaciones, un baño, cocina y comedor pero
estaba en unas condiciones deplorables: había goteras, nidos de cucarachas y daba la
sensación de que el inmueble iba a derrumbarse de un momento a otro, pero la familia
estaba contenta de tener privacidad y un techo para cobijarse. Nadia y Ghada dormían en la misma habitación, mientras que el padre de llas chicas dormía en el cuarto
contiguo. El primer mes no fue nada mal, todas las mañanas Ahmad salía a trabajar muy
temprano y no volvía hasta tarde. Mientras tanto, sus hijas hacían las tareas d ella casa y
rezaban por la prosperidad de la familia. Ghada estaba muy contenta y deseaba de todo
corazón que su madre, en el Cielo, se sintiera orgullosa de ella. Hasta que un día su
padre le comunicó algo que haría que su vida diera un giro de 360 grados: iba a ir a la
escuela. Ella lloró, pataleó y le suplicó a su padre que no la obligara a ir, , pero la
decisión ya estaba tomada y no había vuelta atrás.

El primer día de clase se levantó temprano, como siempre, para rezar y preparar las
cosas del colegio; desayunó, besó a su hermana y se fue. El lugar al que iba era una
institución pública y en el patio donde se reunían todos los estudiantes antes de entrar a
las clases de dio cuenta de que no había ninguna otra chica que llevara el característico
hijab musulmán. De repente se sintió muy sola y deseó que Nadia estuviera a su lado
para abrazarla y consolarla. Estaba a punto de ponerse a llorar, hasta que escuchó a
alguien que gritaba su nombre con un fuerte acento alemán. El grito provenía de una
mujer mayor, con gesto serio y el pelo recogido en un moño gris, que estaba parada en
la puerta del edificio cerca de un corro de niños de la misma edad que Ghada. Ella
pensó que lo mejor sería unirse a ese grupo, así que se acercó a ellos. No obstante, en
cuanto lo hizo notó las miradas de asco y pena que le proyectaban. La chica pensó que
sería por sus zapatos viejos o el vestido que su hermana había remendado, hasta que un
niño gritó en alemán algo que a ella le sonó a “fuera de nuestro país”. En un principio
intentó convencerse de que lo había malinterpretado, ya que su alemán no era
especialmente bueno, pero pasaban los días y no recibía mas que insultos y muestras de
desprecio. Se metían con ella en los descansos, cuando iba a algún rincón del patio a
buscar consuelo en Allah. Incluso algunos profesores la trataban como si fuera estúpida
y le prohibían entrar a sus clases llevando el hijab, por lo que tenía que quedarse en los
pasillos. Se sentía completamente perdida. Odiaba el colegio, odiaba la guerra, odiaba a
los niños y odiaba a su padre por meterla en ese infierno. No comprendía cómo los
chicos de doce años podían llegar a ser tan crueles. Por suerte, aún quedaba gente que
era amable con ella, pero muy pocos.

Dos años más tarde Ghada cumplía quince años y para celebrarlo habían decidido salir a
comer. La joven había desarrollado un fuerte carácter, fruto de todo lo que había vivido
en su corta vida. En el restaurante había una familia compuesta por un hombre, una
mujer, un niño y una niña de unos nueve años de edad, además de otros clientes. Los
adultos de dicha familia no dejaban de mirar con desaprobación a Ahmad y a sus hijas,
y Ghada estaba empezando a ponerse nerviosa. Su hermana, que se dio cuenta de la
inquietud de la muchacha, le apretó la pierna y, con la mirada, le dijo que se calmara.
Sin embargo, no pudo evitar responder cuando oyó que el hombre le día a su esposa:

-Debería darles vergüenza salir así a la calle. Mírales, han venido a invadirnos y a
destrozar nuestro país. Seguro que son terroristas.

Ghada no pudo aguantar más todas esas vejaciones sufridas durante tanto tiempo. No
aguantaba que la trataran como escoria. No aguantaba ser el punto de mira de todos los
insultos. Y, sobre todo, no llegaba a comprender cómo podía haber gente tan ignorante.
Así que, se armó de valor y dijo:

-Señor, creo que usted nunca se ha visto obligado a abandonar su país por una guerra,
creo que nunca ha visto cómo bombardeaban su ciudad. Creo que nunca ha vivido
durante nueve meses en condiciones pésimas, junto con otras quinientas personas en la
misma situación que usted. Creo que nunca le han insultado por su religión o le han
llamado terrorista y cero que sus hijos nunca han sido insultados por el color de su piel
o por la forma de vestir Y no me malinterprete, señor, no se lo deseo a usted ni a nadie.
Así que, por favor, solo pido un poco de respeto para mi familia y para todos los
refugiados que se encuentran en la misma situación que yo. Créame, si mi hogar natal
no estuviera completamente calcinado yo no estaría aquí.

De lo que pasó a continuación no recordaba mucho. Recordaba que los clientes la habían aplaudido y que el hombre que la había insultado se acercaba a pedirle perdón.
Recordaba cómo alguien había grabado su “discurso” y lo había subido a internet, para
luego convertirse en un vídeo viral que había dado la vuelta al mundo. A partir de
entonces nadie la había vuelto a insultar; había podido ir al instituto con tranquilidad
había hecho amigos nuevos y se había mudado con Nadia y su padre a un piso más
amplio.

Hoy en día va a empezar la universidad en Berlín, un nuevo capítulo en su vida. Se
siente bien, querida por sus amigos y su familia y cree firmemente que su vida no puede
ir a mejor.


martes, 15 de marzo de 2016

"Somos iguales"
Cuarta entrega correspondiente a los relatos que resultaron seleccionados en el certamen de este año.
El relato que hoy publicamos se titula Querido diario. Su autora es Alba Tamarit Martínez, alumna del IES antonio Gala.


 4 DE OCTUBRE DE 2009

¡Hola, Diario! Por fin he decidido empezar a escribirte. Todas mis amigas tienen uno, y
pensé que sería buena idea escribir sobre el día a día yo también.

Según tengo entendido,primero tengo que presentarme. Aún no sé por qué, pero no
importa. Mi nombre es Gabrielle, puede sonar a nombre de chico (y estoy casi segura de
que lo es), pero soy una chica. Tengo años, pero soy de las más altas de mi clase.
Podría decirse que mi pelo es negro, pero algún día me gustaría pintármelo de azul. Mi
madre dice que me quedaría muy bien. Pero mi padre solo gruñó y se escondió tras el
periódico cuando se lo comenté. Típico de él, no es muy hablador.

Con esto despido la primera hoja de muchas, adiós, mi querido amigo.

9 de Octubre de 2009

¿Qué hay, diario?, ahora que lo pienso debería ponerte un nombre...ya lo decidiré
luego. Hoy quiero contarte algo que me preocupa. Mamá está muy rara, ya casi nunca
sonríe, y menos cuando está papá cerca. No me alarmé demasiado, hasta ayer por la
noche. Estaba a punto de empezar un nuevo libro cuando escuché sollozos de la
habitación de al lado, la de mis padres.

Me levanté y me dirigí hacia allí. Cuando iba a abrir la puerta, mi padre salió disparado,
mi madre estaba en la cama, sentada en el borde. Me acerqué a ella y la rodeé con mis
brazos, pareció estremecerse cuando notó mi roce. ¿Acaso creía que era otra persona,
Diario? Le pregunté que por qué lloraba. Ella me dijo que se había chocado contra el
armario en la oscuridad, y que papá le había ayudado a levantarse. Pero, ¿tan fuerte fue
el golpe que le sangraba el labio? Nos sé, amigo...


12 de Octubre de 2009

Aún no he pensado un nombre, lo siente, Diario. Pero he estado ocupada con mamá.
Parece que se ha empeñado en pasar tiempo conmigo. Ayer fuimos a un centro
comercial, lo pasamos muy bien. Pero al volver a casa, papá parecía muy enfadado.
Decía que deberíamos haber dejado una nota, o algo por el estilo. ¿Era para tanto,
Diario? Mamá estaba muy asustada, cada vez que papá se acercaba a ella más de lo
necesario, se encogía y miraba hacia otro lado.

19 de Octubre de 2009

Estoy muy preocupada, Diario. Se oyen gritos y llantos de la habitación de mamá y
papá. Me dijeron que, cada vez que escuchara algo, no me moviera de mi cuarto. Mamá,
cuando le pregunté, dice que son pequeñas discusiones entre los dos, pequeñas disputas
sin importancia. Pero yo no lo veo así. Hoy, los gritos parecen atravesar la pared. Estoy
escribiendo esto mientras lo oigo. ¡Un momento! Los llantos están cesando, Diario.
Pero los golpes en la pared han comenzado. Papá grita, y mamá parece chocar una vez, y
otra, y otra en la pared de la habitación. Tengo miedo, Diario. Papá parece estar diciendo algo...no lo oigo bien...no vas a irte...sí...Diario, ¿a dónde pretende irse
mamá?

- - -

Entonces, un golpe se escuchó más fuerte que los demás, y los gritos y sollozos de
mamá se detuvieron. Papá también se calló. Un silencio reinaba en la casa, solo se oía
mi respiración. Me levanté de la silla y cerré mi recién empezado Diario. Dejé el lápiz
en la mesa y atravesé mi habitación. Pegué el oído a la puerta y oí llorar a
alguien...parecía...papá...Mamá no decía nada, ¿por qué no decía nada? Abrí
silenciosamente el cerrojo de la puerta y crucé el pasillo, guiada por el llanto. Pegué
nuevamente el oído a la puerta y solo se escuchaba aquel sollozo. ¿Dónde estaba mamá?

Entonces, papá habló por fin... “Solo quería que te callaras...No podías irte...No
podías dejarme solo...” Abrí la puerta y lo vi. Mi padre estaba arrodillado al lado de
algo que estaba tendido en el suelo. Un chaco de una sustancia rojiza rodeaba ese algo.
El cuerpo de mamá estaba tirado en el suelo, con sangre alrededor de la cabeza,
totalmente inerte. Papá había conseguido que se callara para siempre.

viernes, 11 de marzo de 2016

Publicamos hoy un nuevo relato perteneciente a los ganadores de la convocatoria del certamen "Somos iguales".
Su autora es Claudia Callejón Valbuena.
Estudia en el  Colegio Inmaculada Concepción.
El relato lleva por título Un si a la igualdad.


La vida lo había rechazado de nuevo. Tras haberse presentado al último casting, la suerte le daba la espalda. Guitarra en mano, Nico volvió a la soledad de la calle, donde una caja de cartón sucia y mantas sacadas del contenedor le esperaban.
Sobre las diez y media, Judith bajó a la cafetería de siempre y se tomó un capuccino. De vuelta a la redacción donde trabajaba, se detuvo en la puerta unos segundos. Su mirada se fijó en un joven mendigo, que cantaba y tocaba habilidosamente la guitarra. No lo había visto antes por allí, y algo en su mirada llamó su atención; tristeza.
Desde aquel momento, todos los días veía al joven, y se paraba durante unos segundos a escuchar sus canciones, algunas melancólicas y otras alegres, que siempre tenían algo especial. Había veces en las que incluso tarareaba algunas de ellas, sin percatarse de que poco a poco quedaban grabadas en su mente.
Cierto día, Judith paseaba por el centro de la ciudad, mirando escaparates. Entonces, le pareció escuchar una voz familiar, así que se acercó al grupo de gente de donde provenía. Era el joven músico. Estaba rodeado por algunas personas a las que parecía gustarle su música tanto como a ella, y que le dejaban calderilla en la funda de la guitarra. Aprovechó para detenerse y escuchar mejor sus canciones. Pero, ¿cómo un chico de tal talento podía estar tirado en la calle? No lograba entenderlo. Cuando, de pronto, una idea disparatada emergió en su mente. Grabadora en mano, capturó tres canciones disimuladamente. Luego, depositó un billete en la funda y se marchó.
Rápidamente llegó a su lujosa casa, y buscó a su padre, que era un famoso productor musical, y le enseñó la grabación. Un sincero atisbo de admiración brilló en los ojos del hombre mientras escuchaba la música, a la vez que su boca se abría formando una leve “o”, sorprendido. Raudo, no tardó en preguntar por la identidad del joven, a lo que su hija únicamente respondió: “Pronto le conocerás.”
Nico, ajeno a todo esto, se encontraba sentado en un callejón, pues no pretendía pedir limosna sino pensar y componer. Mirando su guitarra, su mente se llenó de recuerdos borrosos de su infancia, tiempos en los que todo era perfecto. Su padre enseñándole a tocar la guitarra junto a la chimenea, y tocando canciones antiguas que a ambos les gustaban. Era su momento preferido del día. Desafortunadamente, un accidente en la carretera le arrebató a su padre, dejándole completamente solo, ya que no conocía ni sabía nada de su madre. Más tarde, se quedó en un centro de acogida, pero a los dieciocho tuvo que dejar el lugar. Y, finalmente, la calle fue la única que le abrió los brazos.
Desde aquel momento, la música había sido su salvación, pues al menos con ella ganaba algo de dinero para ropa y comida. Sin embargo, no conseguía ahogar del todo la soledad y amargura que cada día lo atormentaban. Era horrible ver todos los días el bullicio de personas de aquí a allá, con dinero y tiempo en el que gastárselo, o simplemente, con el cariño de su familia, que era lo que más anhelaba.
Judith se levantó temprano, ese día no tenía trabajo. Ansiosa, buscó al mendigo por toda la calle, hasta que al fin dio con él. Se acercó sonriente, aunque con algo de timidez.
- Hola, me llamo Judith. Tal vez pienses que esto es muy arriesgado, pero creo que te gustará. –Comenzó. –He estado viéndote varios días y… he de decir que tienes mucho talento. Y, bueno, mi padre es un famoso productor musical, y estaría encantado de conocerte. ¿Qué te parece? Sé que es todo muy repentino, pero… –Dijo de golpe.
Nico se sintió confuso y su vista se clavó en Judith. ¿Estaría diciendo la verdad? Siempre lo echaban de todos lados, como a una bolsa de basura. ¿Por qué de repente alguien iba a querer contratarle? Aun así, no tenía nada que perder, por lo que aceptó la oferta, fiándose de ella.
Llegaron al despacho de su padre. Al entrar, una expresión avinagrada se formó en su rostro, pero rápidamente tornó a sorpresa cuando su hija entró tras él. Entonces, Nico le reconoció. Él había sido el último productor al que había acudido, que también lo había descartado veloz. ¿Es que se había arrepentido?
- Papá, éste es Nico. Es el chico del que te hablé.
En aquel momento, el padre bajó los ojos avergonzado. Estaba más que sorprendido. Él mismo, lo había echado de allí unos días antes, sin darse cuenta del diamante en bruto que había tenido delante. Arrepentido, se levantó de su silla y se acercó al muchacho.
- Lo primero que he de decir es que lo siento. Recuerdo que hace unos días viniste aquí, y te di la espalda solo por tu aspecto. –Luego miró a Judith. –Mi querida hija me enseñó una grabación tuya, y me encantó. Ahora me siento muy mal, por no haberte dado aquella oportunidad. No debí prejuzgarte, porque, realmente tienes algo especial. –Tragó saliva. –quizá no aceptes lo que voy a proponerte, pero… ¿Te gustaría trabajar conmigo? Puedo ofrecerte un buen futuro en el mundo de la música. Llegarías muy lejos.
A pesar de lo mal que lo había pasado, Nico había aprendido que el rencor no llevaba a nada bueno. Justo en aquel momento, en su interior estalló la felicidad, y la esperanza de que su vida cambiaría pronto, tras haber luchado mucho por ello, y aceptó. Pero todo, gracias a Judith. Al fin, alguien le había demostrado que las personas aún querían ayudar a otras, que aún había gente que se preocupaba por los demás. Gracias a ella, pudo recibir el mérito que se merecía. No le juzgó como a un libro por su portada, sino que vio más allá, su valía. Porque todas las personas somos iguales, sin importar lo material ni el aspecto físico. Todas merecemos una oportunidad, para demostrar que hay en nosotros algo especial. 
 




martes, 8 de marzo de 2016



Continuamos con la publicación de los relatos ganadores. Hoy es el turno del titulado ¿Es que no ves que no siente nada?, su autor es Carlos de la Torre Luque, del colegio Inmaculada concepción.



Otra vez abro los ojos para volver al infierno al que llaman vida, siempre deseo volver a dormirme, supongo que de esa forma no tendría que sufrir más, pero hasta el momento no hay forma alguna de conciliar el sueño eterno. Como cada mañana, mamá viene a ver si he despertado, me levanta y me da de desayunar lo más veloz posible para poder deshacerse de mí cuanto antes. Cada día lo hace más cansada, con más amargura y dolor, como si mi existencia la consumiera poco a poco. Ya ni siquiera me da un beso en la frente.

Papá es incapaz de regalarme la más mínima sonrisa, tan solo soy un incordio para él y, sobre todo, para mi hermana mayor y mi hermano pequeño, los hipócritas que, para evitar que no me salga de la acera de camino al colegio, me pegan y agarran de la mano como si de un simple objeto se tratase, los mismos que me abofetean con ira para evitar mis nervios y me hacen decir o hacer barbaridades para echar unas risas junto a sus amigos. Eso sí, delante de mamá o de los profesores actúan como hermanos ejemplares; ojalá algún día pueda decirles lo que siento. Ojalá pudiera comunicar a alguien mi situación, pero por más que me esfuerzo, el habla no escapa a mis labios; como si tuviera plomo en la boca, imposible abrirla, incapaz de gesticular.

En clase me siento y observo a mi alrededor, niños de mi edad señalándome y riéndose mientras yo, sin poder evitarlo, hago de marioneta para que, cuando llegue el profesor, sea yo el único culpable del desastre causado. Todos me tratan como un bicho raro, como si solo fuera un cuerpo sin sentimientos ni corazón, parezco de otra especie. Siempre he querido defenderme, pero en lugar de poder juntar dos letras, solo soy capaz de explotar todos esos sentimientos en mi interior en forma de ataque, una irrupción ocasionada por todos esos gritos del profesor, por las risas de mis compañeros. No tienen la más mínima idea de que, para mí, todos esos ruidos y agresiones son como bombas en mi interior; todos rebotan en mi cabeza como voces que no cesan de atacarme. Me tapo los oídos, comienzo a gritar, lo golpeo todo; y pronto vienen las enfermeras para recogerme e intentar calmarme, llevándose, a cambio, patadas y golpes de mi parte; ya era parte de la rutina.

Probablemente penséis que deseo volver a casa cuanto antes, pero no, las tardes son mucho peores. Al llegar, mi hermana y mi hermano se hacen los buenos conmigo y le cuentan a papá y mamá que mi comportamiento ha sido pésimo y que solo he causado problemas, sabiendo que yo no tenía culpa de nada. Papá solía abofetearme sin parar, a pesar de que mamá le decía que parase.

-¿Es que no ves que no siente nada? ¡Incordio de niño! ¡Si vive en otro mundo!
- le contestaba papá. Ni siquiera soy capaz de expresar mi cara de dolor.

Por la tarde, mamá me encierra en mi cuarto y se olvida completamente de mí. Al llegar la noche, el sueño se apodera de mí y me inmerso en ese habitual mundo de soledad para intentar dejar las injusticias que sufro a un lado e imaginar cosas que me pongan alegres. Cada vez funciona menos. Mis sentimientos de impotencia al no poder expresarme, dolor, ira frente a las agresiones, insultos o simplemente al no poder contestar una simple pregunta como: “¿cómo te llamas?”, y lo que es peor, el hecho de no ser tratado por igual, definen mi vida y me impiden tener un momento de felicidad. Cada día es una lucha por querer seguir adelante, una lucha entre la vida y la muerte.



Esta, es mi historia; yo, Juan, tengo 14 años y soy autista.
Y es por eso, querido lector, por lo que quiero que la conozcas. Porque este es solo un ejemplo más, un simple ejemplo de algo que es normal en el día a día de muchas personas, algo que en el mundo de hoy es real: LA DESIGUALDAD

jueves, 3 de marzo de 2016


A lo largo de estos días, presentaremos los relatos ganadores en la edición de este año.


Comenzamos con el que lleva por título Treinta y tres. Su autora es Olga María Fernández Parra y estudia en el IES Antonio Gala.

Viernes, 13 de Marzo 2015.

Llevo años sin escribir aquí, debo admitir que ni si quiera recordaba tu existencia, pero al encontrarte, allí, abandonado, recordé como me desahogaba en ti, como escribía todos mis secretos, mis problemas, mis miedos...

¿Qué a qué se debe estas repentinas ansias de volver a retomar nuestra "relación"? Una simple respuesta; él.

Sólo eran reproches, gritos, acusaciones, pero hoy, hoy fue diferente. Hoy realmente me ha dañado…

Ha llegado, la comida no está lista.

Uno...

Lunes, 16 de Marzo 2015.

Me llevó a cenar en compensación el sábado. Fue increíble.

Jueves, 29 de Marzo 2015.

Me ha regalado unas rosas blancas, sabe que son mis favoritas. Realmente le tuvo que ser difícil encontrarlas.

Cuatro...

Martes, 11 de Abril 2015.

Nuevamente llegó con un hediondo olor a alcohol. Sabe que he estado hablando con el amigo de mi hermana. Sólo espero que los gritos no despertaran a los niños.

Nueve...

Miércoles, 12 de Abril 2015.

Prometió no volver a hacerlo.

Domingo, 16 de Abril 2015.

Mintió.

Once...

Jueves, 27 de Abril 2015.

Volvió a gritarme, volvió a insultarme, volvió a herirme.

Quince...

Lunes, 1 de Abril 2015.

Me quiere. Me lo ha demostrado. Fuimos al parque de atracciones, allí me lo susurró.

Jueves, 10 de Abril 2015.

Volvió a hacerlo. Fue mi culpa. No debí hablar sobre su familia, odia que hable de su familia.

Lo siento.

Veintidós...

Miércoles, 12 de Mayo 2015.

Hoy limpié la habitación de Emily, sin querer dejé caer una de sus muñecas de porcelana.

Cuando fui a recogerla vi que sólo estaba vacía, no había nada dentro.

Fue entonces cuando me di cuenta de mi parecido con ella.

Ambas estamos vacías.

Viernes, 13 de Mayo 2015.

Comienza a hacer calor. No sé qué haré. El maquillaje no las oculta demasiado bien

Veintitrés...

Lunes, 16 de Mayo 2015.

¿Qué hago mal?

Veinticuatro...

Sábado, 21 de Mayo 2015.

Hecha un ovillo en el suelo, siendo víctima de sus gritos y su método anti-estrés, nuevamente esa pregunta ronda mi cabeza.

Veintisiete...

Domingo, 29 de Mayo 2015.

Otra llamada de mamá. Creo que es hora de que responda, mis mensajes parecen no tranquilizarla.

Martes, 31 de Mayo 2015.

Me he atrevido a alzarle la voz, me he atrevido a tocarle.

Sus métodos de castigo para los niños son algo particulares, pero esta vez se ha sobrepasado.

Emily no merece ser dañada.

Treinta y dos....

Jueves, 2 de Mayo 2015.

Hoy de soslayo vi mi reflejo en el espejo.

Es increíble como tu madre parece ser más joven que tú.

Treinta y tres...

Sábado, 11 de Mayo 2015.

Emily cada vez le causa más irritación.

Domingo, 2 de Junio 2015.

Sus regordetas mejillas normalmente de un color rosado comenzaban a tornarse moradas. Él había perdido el control.

Yo también lo perdí.

Lunes, 10 de Junio 2015.

La vitalidad vuelve de manera grata a mi cuerpo.

Noah y Emily duermen a mi lado, triste que deba bajar a preparar mi defensa.

Martes, 3 de Enero 2016.

Cada quién hizo lo que pudo.

Gracias.

Jueves, 19 de Enero 2016.

No tenía la culpa de nada, no había ni hay ningún problema en mí. El problema lo tenía él, no, él era el problema; el problema de mi vida. Es increíble como la razón no llegó a mí hasta estar encerrada, privada de mi libertad, sola en mi soledad.

Aún cuando me encuentro en estas condiciones, debo decir que ningún tipo de remordimiento recae sobre mí, pues, gracias a lo que hice, bien sé que él no podrá dañarme más, pues, bien sé, que él no podrá dañarlos más, pues, bien sé, que él no volverá.

Treinta y tres marcas... y ya... no más.